Las transformaciones posteriores al vestido de estilo imperio se orientan hacia una línea que gira en torno a la primera idea de moda. Se vuelve a implantar el volumen y el artificio en lo referente a la indumentaria.

Hacia la década de 1820, las altas cinturas del estilo anterior bajaron a una posición más natural, los corsés volvieron a convertirse en un elemento imprescindible para la moda femenina porque se buscaba la estrechez del talle. Las faldas, por el contrario, se ensancharon y acortaron sensiblemente. Pero la tendencia más peculiar de este estilo fueron las mangas de pernil y el pronunciado escote. Los peinados y sombreros, para equilibrar las voluminosas figuras también se hicieron más grandes, añadiendo incluso elementos decorativos como plumas, flores, etc. Estas características son las que dotan al llamado estilo romántico.

El estilo romántico de la década de los 30 continuó extremando los adornos para volver a diseños más sencillos. Aunque las mangas de pernil desaparecieron, las cinturas seguían estrechándose cada vez más y las faldas de hacían más voluminosas. El amplio contorno del vestido resultaba un inconveniente para la movilidad de la mujer, lo que se consideraba un indicador de riqueza pues el ejercicio físico no estaba bien visto en las mujeres de la época.

Las faldas volvieron a alargarse... todos estos cambios culminan a finales de los años 50 con la invención de nuevos materiales que dieron lugar al miriñaque o enagua con aros, una especie de armazón o estructura con las que se conseguían los complejos volúmenes del cuerpo femenino.

Este avance trajo consigo importantes consecuencias creándose faldas todavía más anchas y revolucionando la moda del momento. Nuevamente, estos armazones evolucionaron, una década más adelante, en el estilo polisón, un volumen creado en la parte trasera en contraposición de la parte delantera, que sería plana.

Este estilo perduró hasta la década de los 1880 quedando la silueta de la mujer como podemos observar en el cuadro “Un domingo de verano en la isla de La Grande- Jatte” de George Seurat: